El zancudo en primavera y en otoño (1992)


Sergio E. Avilés

Así como no considero que haya comenzado la primavera hasta que me pica cuando menos un zancudo, tampoco creo que haya llegado el otoño hasta que pueda tomar una siesta de más de quince minutos en el jardín por la tarde sin que me pique otro.

Para algunas personas los pregones de la primavera son las flores o los pájaros, las golondrinas que vuelven otra vez con el ala los cristales de sus ventanas a tocar -- por citar a Bécquer. Pero las aves necesitan aquellos inmensos portales que cada día son menos en nuestras construcciones para hacer sus nidos, y las flores tierra en dónde crecer y agua para nutrirse. En cambio, los zancudos parecen surgir de la nada y por millones.


Su agudo canto no será bonito, pero es sin duda el más aplaudido.

Por supuesto que los mosquitos, zancudos o mollotes son insectos dañinos. Son microhipodérmicas que vuelan de uno a otro lado homologando a la gente y a sus enfermedades.
Por supuesto que les falta evolucionar, al menos a nuestro gusto. El mosquito necesita dos cosas para reproducirse: agua, y sangre, aunque en mínimas cantidades. Pone sus huevos cerca de un charco y al picar inyecta a una víctima su saliva, expulsando la sangre por el cambio de presiones.

Lo malo es que su saliva es ácida y causa irritación. No lo he comprobado pero creo que a ellos les conviene irritarnos así la piel, ya que al rascarnos (a) acentuamos las señales infrarrojas con que nos detectan y (b) hacemos acopio de sangre a flor de piel, lo que les facilita extraer más. Probablemente el individuo que nos picó quizá ya no pueda extraernos más, pero al ponernos con el piquete la etiqueta de que somos clientes beneficia a otros miembros de su especie.

Pero hombre, si en vez de picar chuparan, yo creo que pocos nos negaríamos a donar una o dos altruistas gotas. Más si sabemos como es cierto que así es, que sólo las hembras de los mosquitos pican, y no para alimentarse ellas sino para nutrir a sus huevos y ayudar al desarrollo de sus hijos.
Es decir, nuestra sangre queda al servicio del instinto maternal. Así, si el zancudo desarrollara una bomba fisiológica de vacío, acabaría o se reduciría en gran medida el riesgo de contagio de otras enfermedades, pues el flujo sería en un solo sentido entonces y no habría intercambio de líquidos corporales entre una víctima y el mosquito y su siguiente tarugo dormilón.
O bien, podríamos decir que si la saliva del zancudo fuera un fermento de gran contenido alcohólico, ningún virus la sobreviviría como medio de transporte.

Además el zancudo no pica, sino que introduce por uno de los poros de nuestra piel su extractor. Es decir, no es tan malo.

Lo que sí es que es muy hábil. Tras años de estudio puedo precisar que es una criatura más inteligente de lo que parece, con un cerebro del tamaño de la punta de un alfiler. Para comenzar, ¿cómo se mete en nuestras casas y cómo encuentra el hoyo más pequeño en el tul que hay sobre la cuna del bebé? Bueno, es sensible a la menor corriente de aire, y sabe por dónde debe colarse. Para los hoyos en el mosquitero, siempre busca las recámaras de los niños que tienen rifles de municiones o las casas en donde recientemente metieron el cable de la televisión por una ventana. Además, tiene un ecoreceptor que le lleva hacia donde la señal no le rebota cuadriculada.


Los zancudos siempre cazan en parejas. Uno de ellos, que no ha comido, hace su clásico ruido cerca de una de nuestras orejas, nunca de frente, pues así lo captaríamos con ambas y definiríamos su ubicación con mayor exactitud. El otro, mientras nosotros nos damos de cachetadas medio despiertos, medio idos, nos pica en los sitios menos sospechados, que además no podemos alcanzar con la mano.

Lo que resulta más o menos efectivo para detener el ataque es, cuando se escucha el zumbido, doblarse rápidamente sobre la cama asiendo la sábana entre las manos extendidas y hacerle una cama china, planchándola lo mejor posible.

El aplauso es efectivo solo en el 12% de los casos. Esto se debe a que cuando el mosquito siente la ola de aire que comienza a subir de intensidad provocada por las manos que se acercan, usa sus alas como deslizadores en la playa y navega unos centímetros delante de la corriente para salir ileso. Luego, una vez fuera, se deja caer en picada y barrena para alejarse lo más posible del peligro. Inmediatamente se dirigirá a alguno de los escondites fuera de la vista humana, que define porque en ellos siempre se acumula una pequeña capa de polvo que el ama de casa rara vez limpia.


Su peor enemigo son las arañas, pero como sabe que el hombre les teme más a ellas, nunca se ha preocupado mucho. Solo evita volar por rincones olvidados y casi nunca se mete debajo de las camas.

Cuando a pesar de todos sus esfuerzos el zancudo hembra no encuentra una víctima que le done un poco de su sangre para cuando llega la hora de la maternidad, se dirige de cualquier forma al agua y se acuesta a morir junto a sus huevos, cediéndoles con su cuerpo las proteínas que iba a darles con nuestra sangre.


Y los nuevos mosquitos nacen huérfanos, solo con un vago recuerdo del calor que les dio la vida, pero suficiente para que digan en sus mas hondas intimidades, ¡qué buena era mi mamá!


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©1996, Sergio E. Avilés
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